5 de agosto de 2017
Dirigido a los jóvenes SUD.
Sobre la importancia de salir con personas de tu misma fe.
Sobre la importancia de salir con personas de tu misma fe.
Desde pequeñito has estado escuchando la importancia del sellamiento en el Templo, y cómo únicamente podrás alcanzar esa meta con una chica que también sea miembro de la Iglesia. Tienes asumido que debes encontrar una mujer buena y con un testimonio fuerte con la cual te puedas sellar por la Eternidad, y así alcanzar la máxima gloria, que es la Exaltación. Y tienes clarísimo que esa es tu meta.
Pero de repente, conoces a una chica maravillosa. Una chica que te deja sin palabras. Una chica que tiene todo lo que buscas. Todo excepto una cosa: el Evangelio. Por fin encuentras a la chica de tus sueños, pero resulta que ella no es miembro de la Iglesia. Y, por tanto, no podrás sellarte con ella en el Templo ni cumplir esas metas tan importantes para ti.
Una vocecilla te dice que no te preocupes, que debe haber una solución. Esa vocecilla te susurra, con un tono muy dulce, que todo es posible; y que, si eres un buen ejemplo para ella, acabará bautizándose y entonces podréis sellaros en el Templo y ser una familia eterna.
La dulzura de esa vocecilla te anima a dar el paso e inicias una relación con esa chica tan perfecta. ¿Qué puede salir mal? Los dos os queréis. Ella sabe que eres miembro y cuáles son tus metas y tus condiciones, y te ha dicho que las respeta y que las ve bien. ¿Qué problema puede haber? "Seguro que convertirla va a ser fácil", piensas.
Cuando conoces a una persona que te gusta, que te hace sentir especial y te provoca esas “mariposas en el estómago”, todo lo demás deja de existir. Ni siquiera los principios y las cosas que siempre tuviste claras parecen mantenerse. Parece como si tu cerebro asignara como primera prioridad a esa persona, y todo lo demás pasara a ser secundario. Ponemos a esa persona en primer lugar, y nos olvidamos de Aquél que debería estar siempre en ese puesto.
Los primeros días, las primeras semanas e incluso los primeros meses son maravillosos. Parece como si los dos fuerais perfectos, como si estuvierais hechos a medida, como si el destino os hubiera unido, y tu mente no para de buscar señales del Cielo para confirmarlo. Te preguntas: “Pero si Dios quiere que me selle en el Templo, ¿por qué me ha puesto en el camino a esta chica que no es miembro?” En ese momento, la vocecilla dulce entra de nuevo en acción y te hace pensar que la razón por la que la has conocido es para llevarle el Evangelio y que se bautice; que tú has sido enviado a ella como un ángel para salvarla. Y te sientes genial pensando de esta forma.
Al principio de la relación sientes la necesidad de venderte lo mejor posible, de decirle a la otra persona lo increíble que eres y de dejar claro que la mejor opción para ella eres tú. Te centras en consolidar la relación para poder respirar tranquilo y “asegurar” la plaza. Una vez que ya tienes la plaza asegurada, que la otra persona ya ha decidido compartir su tiempo contigo, entonces te relajas, y lo que antes te parecía perfecto y por designio divino, ahora empieza a ser causa de discusiones y diferencias.
Las primeras situaciones incómodas surgen. Un beso que lleva a otro beso, y otro beso que desemboca en una lucha de besos apasionados, aumentando cada vez más la temperatura entre los dos. Y entonces te das cuenta, ves el peligro y paras. Ella te pregunta el por qué, si no estáis haciendo nada malo. Simplemente “os queréis”, ¿no? ¿Qué hay de malo en quererse y demostrarlo? Pero tú sabes que no debes ir por ese camino. Y a ella no le sienta bien.
Lleváis toda la semana sin veros y llega el fin de semana. Ella te propone un plan buenísimo para el domingo, pero tú sabes que ese día es para dedicarlo a las cosas del Señor. ¡Pero es que no os habéis visto en toda la semana! Ella entonces te pregunta: “¿Prefieres ir a tu Iglesia en vez de salir conmigo?” Y a ella le sienta muy mal que haya algo por delante de ella en tu lista de prioridades.
Pasa el tiempo, pasan los meses, y se empieza a hablar de los planes de futuro. Y claro, como estás seguro de que ella es la mujer de tu vida, no te cortas un pelo en decirle cómo quieres la boda, el número de hijos que quieres tener y hasta sus nombres. Pero en el fondo sabes que no habrá tal cosa como boda o hijos si previamente ella no se bautiza, porque tu meta es el Templo y eso lo tenías claro. ¿O es que ya no lo tienes tan claro? ¿Acaso esta chica te ha hecho dudar y cambiar tus metas?
Sin embargo, no quieres romper la situación tan bonita diciéndole que, para casaros, ella debería bautizarse. Prefieres seguir hablando del futuro y fantasear con ella, dejando pasar el tema como quien esconde algo debajo de la alfombra esperando que deje de existir. Temes que, al hablar de la boda, ella te pregunte cómo son las bodas en tu religión. Y temes que, cuando se lo cuentes, ella sepa que sólo podréis casaros en el Templo si ella se hace miembro, lo que hará que se sienta obligada a bautizarse si quiere un futuro contigo. ¿Pero cómo le vas a decir eso? ¿Cómo vas a romper la situación tan bonita que estáis viviendo ahora, fantaseando sobre el futuro juntos? Nada, tú no saques el tema. Tal vez con el tiempo todo se solucione de forma milagrosa.
Sin darte cuenta, tiempo después, lo que empezó como una relación de dos enamorados a los que nada ni nadie podía separar, se convierte en una sesión constante de discusiones y conversaciones que no edifican ni aportan nada. Conversaciones que casi siempre se centran en vuestras diferencias. Y veis que la diferencia de estilos de vida y de creencias es mucho más importante de lo que pensasteis en un principio, y que, si queréis que la relación salga adelante, ambos tendréis que “ceder”.
Y te surge un dilema: “¿Significa “ceder” que tú tienes que renunciar a tus creencias, o tienes que desobedecer X mandamientos con tal de que tu relación siga adelante?”. Si es así, ¿acaso Dios ha dejado de ser la prioridad para ti, y ahora lo es tu relación? Parece que esas metas que tan claras tenías ya no son tan importantes. Que lo mismo ceder un poco no será un problema. Tal vez si desobedeces un poco, sólo un poco, mantendrás viva la llama de vuestra relación y conseguirás finalmente convertirla al Evangelio.
Pero cuando desobedeces, sientes que te invade un remordimiento. Sabes que lo que has hecho está mal, y nace en ti el sentimiento de arrepentirte y hacer las cosas bien, lo que hace que tu comportamiento sea más extremo, y seas más estricto en cumplir tus principios.
Esto provoca que vuestras conversaciones cada vez sean más tensas, y notas que algo falta en la relación, que algo no va bien. No sabes exactamente qué es eso que falta, pero sí puedes sentirlo. Es algo que antes tenías y que ahora, por la razón que sea, ya no está.
Y entonces, un día vas a una actividad de JAS en tu estaca. No para buscar esposa, porque tú crees que ya la tienes, sino para ver a tus amigos y pasar un buen rato. Ella, quien tú crees que será tu futura esposa, no aceptó ir a la actividad, por lo que vas solo. Y allí decides hablar con un par de chicas, las cuales con sólo dos frases te transmiten un sentimiento que te resulta muy familiar y que echabas mucho de menos. Y te sientes bien.
Hablas con más personas, y ves que sales edificado de esas conversaciones. Que puedes tratar temas como la oración, las Escrituras o la revelación sin miedo a que la otra persona te tome por fanático. Sientes el amor de Dios al hablar con estas personas. Sientes que puedes ser tú mismo. Sientes que todo es mucho más fácil con estas personas. Sientes paz.
Y algo explota dentro de ti. Tu corazón se acelera, notas un calor que te recorre de arriba a abajo, una fuerza que te hace andar como si estuvieras flotando, y una alegría que no sabes de dónde viene, pero que no puedes disimular. Sonríes. Estás feliz y te sientes lleno de energía, y con ganas de hacer cosas buenas. Y en ese momento, reconoces que ese sentimiento que tienes es la influencia del Espíritu Santo en ti.
Tus ojos se abren y lo entiendes todo mucho mejor. Lo que notabas que faltaba en tu relación era el Espíritu. Ese Espíritu que pudiste sentir tan fuerte al hablar con tus hermanos y hermanas en la fe. Ese Espíritu que te ha devuelto la sonrisa después de muchos meses de estrés y preocupación con tu novia por el “qué pasará”. Ese Espíritu que te hizo sentir mal cuando desobedeciste y te recordó que ese no era el camino que debías seguir.
Todos tus sentimientos cambian en cuestión de segundos y, de una forma inexplicable y casi milagrosa, ves cómo esa relación que iniciaste creyendo que era correcta, con la esperanza de salvar a esa persona, no ha sido más que una equivocación. Que nunca podrás cambiar a esa persona, a no ser que ella, por su propia voluntad, decida hacerlo. Que iniciar una relación por querer “salvar” a la otra persona no es lo correcto. Que lo que de verdad necesitas y deseas es una mujer que pueda hacerte sentir el Espíritu del Señor con sólo mirarte, con sólo estar cerca de ti. Y que eso sólo puedes encontrarlo entre las hijas dignas de nuestro Padre Celestial, que pertenecen a su Iglesia. Has probado un fruto mucho más delicioso, y ya no quieres volver a probar el que tenías antes.
¿Quién no querría compartir su vida con alguien que le hiciera sentir tan cerca de Dios? Tú quieres. Quieres y sabes dónde encontrar esa paz. Y sabes lo que debes hacer. Y, a pesar del dolor que provocarás y de lo horrible que puedas sentirte por ello, sabes que es lo correcto.
Porque tu corazón desea la felicidad eterna, y no una satisfacción temporal. Porque tú crees en el amor más allá de la muerte y en el matrimonio eterno. Porque deseas volver al Reino de tu Padre Celestial y ser como Él es. Porque recuerdas lo bien que te sentías cuando tenías el Espíritu contigo, y lo vacío que te sentiste cuando lo perdiste, y no quieres volver a repetirlo. Porque has visto que unirte en yugo desigual realmente te separa del camino, pues no puedes servir a dos señores.
Por todas esas razones y por muchas más, decides iniciar una vida nueva y te comprometes a seguir un camino más excelente: el camino que Dios desea para ti.