No recuerdo exactamente cuándo empezó todo, pero sé que fue a una edad temprana. Diría que entre los 10 y los 12 años noté que tenía una cierta manía por los sonidos que alguna gente hacía al comer. Me ponía de muy mala leche verlos comer, por no hablar de la rabia que sentía por dentro al oír cómo masticaban o tragaban. Parecía que esos ruidos los oía mucho más fuerte que los demás, y tenía que ponerme auriculares con música bastante fuerte para intentar no oírlos; y aun así, esos desagradables sonidos seguían retumbando en mi cabeza.
Escenas incómodas se creaban en casa, ya que apenas podía comer en presencia de mis padres: esta manía por los sonidos corporales parecía afectarme mucho más con mis seres cercanos que con los desconocidos. No podía controlarlo. Se me escapaban miradas enfurecidas hacia todo el que masticara muy fuerte, me agobiaba demasiado e incluso tenía reacción violentas que me llevaban muchas veces a abandonar la habitación donde estábamos comiendo. A partir de ahí, mis padres se dieron cuenta de que tal vez sería mejor que yo comiera a una hora diferente o en otra habitación en la que no tuviera contacto visual ni auditivo con ellos, pues ni siquiera el volumen de la tele servía para camuflar esos horribles sonidos.
Pero algo curioso fue descubrir que esto no me pasaba solo con los ruidos, sino también con algunos gestos. También me empezó a irritar sobremanera ver a alguien morderse las uñas o sacar la lengua para relamerse mientras masticaba. Y si veía a alguien comer con la boca abierta o mascar chicle, mi odio aumentaba brutalmente; el ruido de los besos también se sumó a la lista negra, así como el crujirse los dedos o incluso el tintineo que la cuchara hacía al chocar con el vaso mientras se le daba la vuelta al ColaCao. La lista de sonidos y gestos hostiles era cada vez mayor, y yo no entendía por qué me pasaba aquello: me limitaba a pensar que era una manía mía, algo normal.
Llegó la hora de servir mi misión en Grecia y Chipre (allá por el 2013-2014), y pensé que cambiar de entorno y de compañías haría que se me fueran todas esas manías que tenía. Pero para mi desgracia, todo fue a peor. Allí tuve un par de encontronazos con algunos de mis compañeros: uno de ellos hacía un ruido demasiado fuerte al beber agua, y me molestaba tanto que un día le eché una bronca no muy agradable cuando él realmente no tenía la culpa de nada; otro de mis compañeros pronunciaba las letras T, P y S de una forma rara, y me agobiaba tanto escucharle que también tuve que pedirle a él que hablara bien, cuando en realidad él hablaba perfectamente. Me estaba volviendo loco.
Empecé a preguntarme seriamente si esas manías mías eran algo normal o si en realidad era algo psicológico. Mi lista negra de gestos y sonidos iba aumentando cada día, hasta el punto en que mi vida social empezaba a verse afectada: mi mente asignaba un sonido o gesto odiado a una cierta persona, y a partir de ese momento quería alejarme lo máximo de esa persona para "protegerme" a mí mismo.
Me sentía apartado y muchas veces incomprendido, porque era algo bastante difícil de explicar a la gente y, sobre todo, porque la mayoría pensaba que todo mi sufrimiento era una simple manía, una tontería que se me metía en la cabeza y que yo hacía porque yo quería. Una simple manía.
¿Por qué nadie de mi entorno parecía tener la misma manía que yo? ¿Por qué todos podían comer juntos sin problema? ¿Cómo podían no escuchar los horribles sonidos que hacían los demás? ¿Sería verdad que yo me lo estaba inventando todo? Muchas eran las preguntas que me rondaban y muy pocas las respuestas que me llegaban.
Y así agonizaba mi alma continuamente, sin saber exactamente qué me pasaba ni por qué, hasta que tiempo después de volver a España mi hermana buscó información en Internet y me pasó el enlace de una web que hablaba sobre algo llamado "misofonía" cuyos síntomas se parecían bastante a lo que me pasaba a mí.
La misofonía (también llamada Síndrome de Sensibilidad Selectiva al Sonido o 4S) resultó ser un trastorno neurológico que provocaba hipersensibilidad y reacciones irracionales frente a sonidos cotidianos; o en otras palabras, que los ruidos cotidianos hacían que se te fuera la cabeza y quisieras liarte a tiros con to' tu entorno. Justo lo que yo padecía.
El término misofonía procedía del griego μίσος (odio) y φωνή (voz, sonido), y me sorprendió el hecho de que no fuera descubierta hasta los años 90 ni reconocida oficialmente como enfermedad hasta 2010. ¡Hacía solo 4 años que se consideró como enfermedad! Y lo que más me chocó y decepcionó a la vez fue ver que la misofonía, al ser un descubrimiento tan reciente, no había sido apenas estudiada y ni siquiera tenía una cura.
Encontré también la MAS-1 (Misophonia Activation Scale): una escala que te permitía saber del 0 al 10 cómo de grave era tu misofonía en función de los síntomas sufridos.
Me asusté al ver que yo había llegado hasta el nivel 9, y en ese momento me di cuenta de que lo que yo tenía no era "una simple manía". Estaba claro que era algo más, algo que yo no podía controlar, algo que no procedía de mí. Todos los síntomas encajaban, y por primera vez en mucho tiempo me sentí comprendido: vi que yo no era el único en el mundo que sufría esas reacciones, y eso me alivió... Pero por otro lado, descubrir que yo sufría un trastorno neurológico me dejó un poco preocupado.
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