IV. Cómo descubrí que padecía ASMR

Un año después de descubrir que padecía misofonía, mis investigaciones me llevaron a descubrir que ese no era mi único trastorno, sino que en realidad tenía otro más cuyos síntomas eran justo los contrarios que los de la misofonía: de igual forma que había sonidos y gestos que no soportaba, había gestos y sonidos que me provocaban una extraña sensación de placer y que me encantaban

Al igual que con la misofonía, consideraba estos síntomas como algo normal que le ocurría a todo el mundo; y es que desde muy pequeño (digamos alrededor de los 7-8 años), me di cuenta de que, si observaba a alguien fijamente y esa persona estaba muy concentrada haciendo algo, una especie de cosquilleo me recorría la parte trasera de la cabeza. Y sí, posiblemente penséis que estoy loquísimo y que deberían encerrarme en una habitación blanca con las paredes acolchadas... Pero os aseguro que esa sensación era real.

Cuando veía a mis compañeros de clase concentrados en escribir o dibujar, sentía un suave cosquilleo en la zona trasera de la cabeza y la nuca. A partir de ese momento, me enfocaba aun más en observar a estos compañeros, y esa continua exposición al estímulo visual hacía que el cosquilleo descendiera por la espalda e incluso llegara a los brazos, haciendo que se me pusiera la piel de gallina sin ninguna razón aparente. Me daba gusto ver a mis compañeros trabajar, literalmente. 

Si veía a otro niño "meterse en el papel" mientras jugaba con los Playmobil, ese cosquilleo volvía a aparecer; si veía a mi padre muy enfocado mientras leía un libro, allá que iba el cosquilleo; incluso con algunos sonidos, nada más escucharlos se me disparaba el cosquilleo. De hecho, me familiaricé tanto con la sensación que la asumí como algo normal y muchas veces la sentía sin tan siquiera darme cuenta. Y al igual que con la misofonía, en un principio pensaba que era algo normal, una sensación de paz interior al ver que esas personas estaban ocupadas y trabajando eficientemente en sus tareas. 

Pero había algo que no me encajaba: el mismo sonido o gesto que en una persona me provocaba rabia, en otra persona me provocaba un cosquilleo placentero. ¿Cómo era posible? Si mi cerebro asignaba un sonido como hostil, ese sonido debería ser hostil en todos sus aspectos, lo hiciera quien lo hiciese, ¿no? Si me daba rabia ver a alguien morderse las uñas, ¿no debería darme rabia ver a cualquier persona morderse las uñas? Pues parecía que no. Y eso no me encajaba.

Cuando descubrí que padecía misofonía, estuve analizando los síntomas de la tabla MAS-1 (Misophonia Activation Scale) y hubo algo que me llamó la atención: en el nivel 7 de la escala decía"Puede haber excitación sexual no deseada". En todos mis años sufriendo misofonía nunca había sentido "excitación sexual" por escuchar un sonido concreto, sino todo lo contrario: ganas de cortarme las gónadas de la rabia que tenía dentro.

Pero un día enlacé esto de la "excitación sexual no deseada" con los cosquilleos que me entraban a mí en las ocasiones que ya he mencionado antes. Obviamente, no me encajaban los términos porque mis cosquilleos no eran para nada "excitación sexual", pero algo de relación había entre una cosa y otra. Y buscando información en Internet di con la clave: el ASMR.

Resulta que había otro trastorno/enfermedad parecido a la misofonía que se llamaba ASMR (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma) cuyos síntomas eran exactamente los que yo tenía: una extraña sensación de hormigueo o cosquilleo ante ciertos estímulos sonoros o visuales que comenzaba en la cabeza y podía expandirse a otras partes del cuerpo. Y efectivamente, no todo el mundo lo podía sentir, sino que solo ciertas personas sentían ese cosquilleo. 

¿Y si lo de "excitación sexual" había sido una interpretación errónea de los cosquilleos, y en realidad esa "excitación" se refería al ASMR? ¿Era el ASMR un síntoma de la misofonía? ¿O eran dos cosas independientes que no tenían relación entre sí? Una nueva investigación se abría ante mis ojos.

Leí también que la intensidad del cosquilleo variaba dependiendo del estímulo y de la persona, y que tendía a desaparecer tras unos segundos, dejando en esa persona una extraña sensación de tranquilidad y calma. ¡Y eso era exactamente lo que me pasaba a mí! 

Indagué un poco más en esto del ASMR, y resultó ser incluso más desconocida y ambigua que la misofonía. El ASMR no parecía tener ninguna base científica y ni siquiera estaba reconocido por la comunidad médica, por lo que apenas hay información científica sobre el tema. Lo único que encontré fueron las palabras de un tal Tom Stafford, profesor de Psicología de la Universidad de Sheffield que decía: "Puede ser un fenómeno real, pero es muy difícil de investigar. La experiencia interna es la clave de gran parte de la investigación psicológica, pero cuando te encuentras con algo como esto, que no puedes ver ni sentir, y ni siquiera le pasa a todo el mundo, se cae fácilmente en un punto ciego. Es como la sinestesia, que durante años ha sido un mito, hasta que en los años noventa apareció una manera fiable de medirla."

Y entonces comprendí por qué los mismos sonidos y gestos que me provocaban una ira descontrolada podían igualmente provocarme cosquilleos placenteros dependiendo de quién los hiciera. ¿En qué se basaba mi cerebro para decidir qué era placentero y qué era irritante? Ni idea. Y según parecía nadie podía darme una respuesta, pero todo lo que sentía era real y no era yo el único que lo experimentaba.

El problema viene cuando intentas explicarle a alguien lo del ASMR y que te da gustillo ver a la gente concentrada o escuchar ciertos sonidos. A menudo te consideran un psicópata, un maniático e incluso un depravado sexual... Incluso tú, querido lector, seguramente lo hayas pensado conforme ibas leyendo este artículo. Pero si pudierais sentirlo, sabríais que el ASMR no tiene nada que ver con eso.

Y así fue como descubrí que, además de misofonía, también padecía ASMR. 

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