VII. Apúntate otra, cuerpo mío.

Cuando era un jovenzuelo, siempre me gustaba presumir de mi perfecta salud, de mi gran resistencia a las enfermedades y de lo bien que me iba todo sin hacer nada. Creía que mi cuerpo había sido creado con capacidades sobrenaturales, que era especial y más fuerte que el resto; pensaba que siempre tendría una salud inmutable y yo me regocijaba en esa idea.

Sin embargo, poco a poco me estoy dando cuenta de lo frágil que soy y de la cantidad de problemas que mi cuerpo mortal me está dando. Esa salud de hierro de la que yo presumía años atrás es ahora una salud más inestable que el humor de una mujer.

A mediados de febrero de 2016 (ya con mis 21 años cumplidos), empecé a notar que perdía visión, que veía borroso a cierta distancia aun llevando puestas las gafas. Fui a la óptica de turno, y tras revisarme me dijo que me había subido la miopía y que además había generado astigmatismo por la vista cansada y la larga exposición a las pantallas del ordenador. Unas gafas nuevas y... ¡problema solucionado!

Pero después de eso, y casi de un día para otro, me sobrevinieron unas continuas y exageradas ganas de mear. Sentía la necesidad de ir al servicio cada 30 minutos (o cada hora, aguantándolo mucho), y justo después de mear, de coger la botella de agua y pegarle un trago de esos profundos. Pero lo mismo que bebía tenía que echarlo en cuestión de un rato: parecía que mi cuerpo no retenía nada, que conforme entraba el líquido tenía que salir. 

Me empezó a mosquear el tema, y tras investigar los síntomas en Internet llegué a la conclusión de que podía tener el azúcar alto. Le comenté a mi madre lo que me ocurría y me contestó con un "eso no es nada, en unos días se te pasa" y un "eres muy joven para tener azúcar, no te preocupes". Además, mis compañeros de clase veían que iba demasiado al servicio, y al comentarles que tal vez era por el azúcar, me decían que "eso era cosa mía" y que "cuanto más lo pienses, más ganas tendrás de mear".

Resumiendo, que nadie me quería dar la razón y todos me tomaban por loco. Prácticamente lo mismo que pasó cuando decía que no podía respirar y me decían "¡eso es la ansiedad!", y luego resultó que tenía el tabique nasal desviado y los cornetes superinflamados; o con la misofonía, que todos decían "¡eso son manías tuyas!" y resulta que es un padecimiento psicológico real. Pero bueno, me estoy acostumbrando ya a que nadie me crea.

Así seguí un par de semanas hasta que decidí ir al médico y comentarle mis padecimientos urinarios. Me hicieron un análisis de sangre y de orina, y efectivamente: los niveles de glucosa en sangre estaban bastante por encima de lo normal (debía estar entre 70-110mg/dL, y yo daba unos 271mg/dL). Y no solo eso, sino que el nivel de hemoglobina glicosilada (HbA1c) lo tenía en un 8,9%, lo que me incluía en el rango de "diabetes no controlada". Para lo borde que soy, y lo dulce que estaba mi sangre.

Y ahí fue cuando confirmé mis sospechas de que tenía el azúcar alto y de que esos síntomas que yo tenía no eran una simple imaginación mía, sino que eran reales. Y yo lo notaba, y sabía que algo no iba bien en mi cuerpo, pero todos se empeñaban en echarme las culpas a mí de los síntomas y hacerme pensar que "todo eran manías mías". ¿Y si les hubiera hecho caso y no hubiera ido al médico? Tal vez habría cruzado ya el velo. 

Todo parecía apuntar a que, aparte de todo lo demás, también era diabético. Pero, ¿y si ese nivel tan alto de glucosa fue un acontecimiento puntual? ¿Por qué me surgió de repente? ¿Tendría diabetes de la gorda, de esa de pincharme insulina a cada momento? ¿O solo con controlar los alimentos sería suficiente? Muchas preguntas que intentaré resolver en la próxima cita con el médico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario